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EXPOSICIÓN ACTUAL

Exposición bibliográfica





Presentación

Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España

La historiografía sobre los judíos en la España medieval cuenta con una larga tradición y ha producido abundantísimos y sólidos resultados. Ha sido y es un amplio campo abierto a la investigación, también a las polémicas y, en algunos casos, a evidentes exageraciones e incluso falsedades.

En el siglo XIX, algunos historiadores iniciaron el estudio de las llamadas minorías socio-religiosas, tanto en al-Ándalus como en la España cristiana, movidos por un afán de explicación global, de modo que sus obras fueron los primeros libros de conjunto sobre la cuestión, y transcurrió mucho tiempo antes de que otros los superaran como tales síntesis. Destacan el gran libro de José Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, publicado en 1848 y de nuevo, muy ampliado, en 1875, y el de Francisco Fernández y González sobre las Instituciones jurídicas del pueblo de Israel en la Península Ibérica (1881). Su lectura sigue siendo valiosa, incluso para entender, a través de los planteamientos ideológicos y del estilo literario de aquellos autores, cómo nacieron algunos puntos de vista sobre aquellas cuestiones que continúan teniendo gran peso, aunque hoy podamos considerarlos insuficientes o incluso equivocados.

En 1880-1882, Marcelino Menéndez Pelayo publicó su Historia de los heterodoxos españoles, en la que se desarrollaba una concepción de la historia española, de lo que era característico en la tradición histórica del país, fundada en la valoración de sus singularidades religiosas. Desde entonces hasta los años cincuenta del siglo XX, la polémica sobre el “ser de España” tendría aquí uno de sus ejes y, lógicamente, la consideración de las relaciones mutuas entre cristianos, musulmanes y judíos, con sus respectivas fes y culturas, varió según el punto de vista de cada autor. En las antípodas ideológicas de Menéndez Pelayo, pero en el mismo mundo mental alimentado preferentemente en textos literarios, hay que situar el libro de Américo Castro, La realidad histórica de España (1948), que tal vez vino a ser el epígono de toda una época más que el primer paso hacia una comprensión nueva de la historia de España, de modo comparable a como lo fueron libros brillantes de algunos otros intelectuales de reconocido prestigio, como Salvador de Madariaga.

Porque, mientras tanto, la historiografía profesional, iniciada por Amador de los Ríos, estaba dando nuevos e importantes resultados gracias a la obra de investigadores que trabajaron desde los primeros decenios del siglo XX. Procuraré indicar, a continuación, algunas figuras y grupos principales.

En la historiografía sobre los judíos y el judaísmo hispánico medievales han confluido especialidades que en otros terrenos suelen actuar con escasa relación entre ellas: la historia social, política y económica, la de la religión, la del arte, la de la literatura, la de la ciencia, la lingüística en sus diferentes ramas. Esto es una ventaja, sin duda, pero también hace más complejo el conocimiento de todos los aspectos de la cuestión. Los investigadores proceden de ámbitos diversos y tienen puntos de partida distintos.

Die Juden im christlichen Spanien

Por una parte, historiadores, casi todos judíos, que se han especializado en historia de Sefarad pero sin perder de vista su inserción en la historia general del judaísmo y de sus fieles. Algunos procedían de países europeos y entre ellos destacan las figuras de Jean Régné para la Corona de Aragón y, especialmente, de Fritz o Yitzak Baer, que estudió y publicó miles de documentos en 1929 y 1936, antes de elaborar su gran Historia de los judíos en la España cristiana (1945), cuya traducción al español y edición anotada por José Luis Lacave es un libro básico para los medievalistas (1981). Baer, además, fue el primero de una pléyade de historiadores cuyos principales representantes están hoy en Israel o en los Estados Unidos, a la que se debe una gran labor de investigación y edición donde destaca la fundamental obra de Haim Beinart. También en Israel: Ron Barkai, Yom Tov Assis (Corona de Aragón. Navarra), Benjamin Gampel (Navarra), Alisa M. Ginio, Moisés Orfali Levi, etc. Otros investigadores son de diverso origen, como François Soyer (sobre Portugal), Maurice Kriegel y Joseph Pérez en Francia, John Edwards y Eleazar Gutwirth en Inglaterra; Benzion Netanyahu, Stephen Haliczer, Norman Roth, David Nierenberg en Estados Unidos, así como Robert I. Burns o Mark D. Meyerson más recientemente en el marco de sus investigaciones sobre Valencia, y Elka Klein sobre Barcelona, sin olvidar la antigua obra de síntesis de Abraham Neuman ni las útiles recopilaciones bibliográficas de Robert Singerman.

En España, los estudios sobre judíos medievales y sefardíes recibieron gran impulso a partir de la creación del Instituto Arias Montano, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, cuya revista Sefarad tiene desde 1941 gran prestigio en estas materias históricas y filológicas. Allí han trabajado grandes investigadores como Fernando Díaz Esteban, o Francisco Cantera Burgos y sus discípulos (Pilar León Tello, José Luis Lacave Riaño, Elena Romero, Carlos Carrete Parrondo, Yolanda Moreno Koch), Iacob M. Hassán, Carlos del Valle Rodríguez (Iberia Judaica, desde 2009), Javier Castaño González…, mientras que se formaban otros núcleos de investigación; así, en Barcelona, en torno a José Mª Millás Vallicrosa, Jaime Riera Sans, y en especial David Romano y sus discípulos, o en Granada (revista Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, David Gonzalo Maeso, Ángel Sáenz-Badillos).

Buen número de medievalistas españoles, por otra parte, se han interesado por la historia social, política y económica de los judíos, con frecuencia en el marco de investigaciones de temática más amplia aunque de ámbito temporal a menudo más corto, ya desde los tiempos de Fidel Fita. Destaca el nombre de Luis Suárez Fernández, autor además de buenas síntesis, a quien han seguido por este camino algunos de sus discípulos, Julio Valdeón, Emilio Mitre, Fernando Suárez, Rica Amrán, Miguel Ángel Ladero y a éste a su vez los suyos (Enrique Cantera Montenegro, María del Pilar Rábade Obradó, Isabel Montes Romero-Camacho y, en especial, Javier Castaño, que ha completado después su formación como hebraísta e historiador del judaísmo hispánico).

Poco a poco, han ido surgiendo más historiadores interesados en estas cuestiones, tanto en Castilla -José Mª Monsalvo, Francisco Ruiz Gómez, Guadalupe Ramos de Castro, María A. Bel Bravo, etc.- como en otros ámbitos de la España medieval: para Aragón, Ángel Alcalá, Asunción Blasco Martínez (discípula de David Romano), Encarnación Marín Padilla, Miguel Ángel Motis Dolader; en Cataluña, además de David Romano y otros ya indicados, Carme Batlle, Prim Bertran, los colaboradores de la colección Catalonia hebraica, o Rafael Conde y Delgado de Molina sobre la expulsión en 1492; para Valencia, los importantes estudios de José Hinojosa Montalvo, ampliando el camino que abrió Leopoldo Piles Ros tiempo atrás o, en ámbitos más reducidos, José Ramón Magdalena Nom de Déu y J. Doñate Sebastià; Antonio Pons para Mallorca; las investigaciones de Juan Carrasco y colaboradores, y las de Béatrice Leroy, para Navarra; María José Pimenta Ferro Tavares para Portugal, etc.

Los judíos de Cantabria en la baja edad media

Hay que mencionar también la nutrida aportación debida a otros historiadores que se han interesado eventualmente por estos asuntos desde perspectivas locales o regionales, por ejemplo la gran obra de Luis Rubio García y las aportaciones de Juan Torres Fontes sobre Murcia, María G. de Antonio Rubio (Galicia), J. Ortiz Real (Cantabria), M. F. García Casar (Salamanca, Zamora), J. Rodríguez Fernández (León), C. Merchán (Valladolid), S. de Tapia (Ávila), G. Viñuales y M. Romero (Guadalajara, Cuenca)... Así como la obra abundante de estudiosos locales, entre la que destacan aportaciones notables. Y la labor de algunas instituciones promotoras del diálogo interconfesional . Eso sin contar con el creciente número de congresos y reuniones de diverso tipo y dimensión que, desde los últimos decenios del siglo XX, ponen en contacto a especialistas de diversa procedencia y contribuyen al intercambio de conocimientos e ideas, y, a veces, a la formación de nuevos criterios de explicación más amplios y comprensivos.

Lo que más importa en estas aproximaciones multidisciplinares -y multi-ideológicas- es que prevalezcan los intereses propios de la búsqueda científica del conocimiento. Puede haber elementos de perturbación y he de referirme a uno de ellos, la desmesurada utilización de la imagen de “convivencia entre tres culturas” en la Edad Media peninsular, que ha alcanzado los caracteres de mito interpretativo de un medievo hispánico peculiar. No han faltado los esfuerzos para encontrar un criterio equilibrado, mediante la diferenciación entre los conceptos de religión y cultura –tres religiones, dos culturas: la andalusí y la hispano-europea-, aceptando también que no se pueden superponer de manera simple los hechos de transferencia de técnicas e instituciones con los de convivencia social, y utilizando términos más precisos para entender cómo fue ésta: coexistencia y tolerancia, más que convivencia plena, asimilación, aculturación. Así se han analizado mejor los motivos que impedían el fin de una alteridad específica y, con ella, de la marginalidad, y que bloqueaban la fusión en una sociedad única.

Por otra parte, la realidad histórica del medievo hispano puso en contacto tres puntos de vista, y no hemos de reducir nuestro estudio al que la sociedad cristiana tenía con respecto a judíos o musulmanes, sino que debemos conocer también, en este caso, el de los judíos hacia el islam, incluyendo las posibilidades de conversión religiosa, y hacia los cristianos, así como cuál era su visión de la sociedad. En la perspectiva hispano-cristiana, la consideración de los judíos era diferente, y casi siempre tópica, según el campo de actividad al que nos refiramos o las fuentes de conocimiento que utilicemos. La imagen es positiva en cuanto se refiere a la aportación filosófico-científica y cultural, pero se carga de elementos negativos cuando pasamos al terreno de las fuentes literarias e iconográficas.

Además, la relación entre tales imágenes y la realidad social concreta de cada época no suele ser inmediata. Por eso, hay que plantear las cuestiones sobre tolerancia o intolerancia a la vez desde el punto de vista de la historia de las ideas, las creencias y las mentalidades, y desde el de la historia social, económica y política. Hasta el final de la presencia judía en España es posible ver cómo se entremezclan los elementos positivos y los negativos de convivencia y violencia. Pero existía un tono de fondo antijudío que varía con el paso del tiempo hasta desembocar en las crisis del último siglo y pico medieval, a partir de 1348 y 1391, en el aumento de las controversias y alegatos doctrinales -como el conocido Fortalitium Fidei de Alonso de Espina- y en las manifestaciones de violencia contra judíos con fines proselitistas.

Hoy estamos mucho mejor pertrechados que antaño para reflexionar y dar respuestas más correctas sobre la historia de los judíos hispánicos. Disponemos de los resultados obtenidos por la gran actividad investigadora, creciente desde mediados del siglo pasado, que permite plantear las cuestiones en términos mucho más concretos y conocidos, con una capacidad de racionalización y objetivación mucho mayor que antaño, porque se sabe mejor quiénes eran aquellos judíos, cómo vivían y trabajaban, en qué contextos sociales generales se movían, dónde habitaban e incluso cuántos eran y, sobre todo, porque se ha perfilado mucho mejor cuál fue la evolución temporal de su situación.

La exposición que aquí presenta Bibliotheca Sefarad es buena muestra de cuanto se ha afirmado en estas líneas. Aunque se limite a publicaciones aparecidas hasta 1992, incluye aportaciones fundamentales de los autores principales que he mencionado, y muchas otras fruto de trabajos locales de calidad, con notable equilibrio entre obras generales o misceláneas y otras referentes a antiguos reinos, ámbitos regionales y muchas ciudades e incluso poblaciones menores de aquellos siglos, así como, por supuesto, a diversos periodos y momentos, entre los que destaca el hito de 1492, el año de la gran desgracia.

Miguel Ángel Ladero Quesada

De la Real Academia de la Historia