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EXPOSICIÓN ACTUAL

Exposición bibliográfica





Sobre judíos y cretenses

Discurso contra los judíos, Salamanca, 1631

Entre el decreto de expulsión de 31 de marzo de 1492 y la muerte en 1833 de Fernando VII, que marcó el fin del absolutismo, la biblioteca española de judaica fue más bien un enorme repertorio de antijudaica. Toda la literatura antijudía responde a pautas muy similares, al menos en los países de mayoría cristiana –me refiero, naturalmente, a la literatura antijudía de raíz religiosa, no a la antisemita, que presenta mayor variedad, y en cuanto a la primera, sería pertinente, sin duda, establecer diferencias entre el antijudaísmo cristiano y el islámico-, pero es innegable que el antijudaísmo hispánico presenta asimismo particularidades propias que lo distinguen de otras variedades cristianas. Muchas de esas características, aquellas a las que mayor atención se ha prestado en la historiografía moderna, proceden del casticismo veterocristiano y de su fantasmagoría concomitante, el miedo al criptojudaísmo durante los siglos XVI al XVIII, y la obsesión con otro monstruo nacido de los sueños de la sinrazón, la conspiración judeomasónica, del XVIII al XX. Leo en un reciente libro de Luis Suárez, Lo que el mundo le debe a España (Barcelona, 2016), que el régimen de Franco debió proceder con una discreción y una ausencia de publicidad rigurosísimas en sus gestiones diplomáticas para salvar las vidas de numerosos judíos perseguidos por los nazis, porque la población española, durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, estaba aún bajo la influencia de la propaganda hitleriana acerca de la conspiración judeomasónica. Sin embargo, lo de la conspiración judeomasónica no fue un invento nazi, sino un fantasmón creado por la derecha católica española, a partir de materiales franceses, desde finales del siglo XVIII. Esta sí que es una de las indiscutibles aportaciones que el mundo le debe a España.

Lo que los nazis inventaron fue otra cosa, el mito judeobolchevique, o sea, la identificación del comunismo con el judaísmo, pretexto que sirvió, como es sabido, para presentar el “Holocausto de la bala” en los territorios soviéticos invadidos por la Wehrmacht como una cruzada contra el bolchevismo, en la que intervinieron varias decenas de miles de voluntarios españoles encuadrados en la División Azul con el espíritu obnubilado por la lectura de los Protocolos de los Sabios de Sión o las arengas políticas en ellos basadas durante la II República y la guerra civil. La famosa falsificación de comienzos del siglo XX, debida a panfletistas pagados por la policía zarista, fue publicada por distintas editoriales católicas durante el período constituyente republicano y proporcionó a las derechas españolas un antisemitismo de síntesis entre el tradicional antijudaísmo religioso y la judeofobia secular moderna, que preparó para la recepción entusiasta de la propaganda nazi, a la que tan adictas fueron dichas derechas, según reconoce Luis Suárez. Como en España no había muchos judíos a finales de los años treinta del pasado siglo, los vencedores de la guerra civil se ensañaron con la masonería, identificada aún con los judíos por la inercia del mito judeomasónico, que iba ya de retirada ante la irrupción del nuevo mito judeobolchevique íntimamente vinculado al antisemitismo nazi. Obviamente, estos dos mitos produjeron una nutrida biblioteca antijudaica, pero no es ella de la que se ocupa la presente exposición.

El antijudaísmo de la España del Antiguo Régimen recurrió al mito del criptojudaísmo, no al de la conspiración judeomasónica, que tuvo su origen en los años de la crisis final de la monarquía absoluta y de su subordinación a la Iglesia. Si el enemigo a batir por las derechas católicas españolas del XIX y primera mitad del XX fue la masonería, como sucedáneo de los judíos en un país sin judíos hasta 1834 o con muy pocos desde entonces hasta el fin del Protectorado español en el norte de Marruecos, el enemigo del casticismo fue el judaizante, criptojudío o marrano, es decir, el converso o descendiente de conversos que practicaba en secreto la religión prohibida. Ahora bien, los judaizantes auténticos fueron escasos en la metrópoli del Imperio hispánico. Hubo más en las colonias americanas, donde el sincretismo predominante en el orbe indiano favorecía el camuflaje de los judíos nuevos (cierto sincretismo caracteriza aún a no pocas comunidades sefardíes en Brasil, como lo hizo en su día a los portugueses exiliados en Francia y Holanda). En España, la actividad inquisitorial y la discriminación negativa se abatieron sobre los conversos y descendientes de conversos, ante todo sobre los descendientes de judíos conversos, los llamados “cristianos nuevos”, objeto de permanente sospecha de criptojudaísmo.

Nada de esto resulta novedoso. Pero acaso lo sea suponer que la singularidad del antijudaísmo religioso español, que hizo de la diferencia entre cristianos viejos y nuevos un rasgo biológico (en mucha mayor medida que el cristianismo de otros países), pudo deberse a la influencia del islam, con el que la cristiandad ibérica convivió durante ocho siglos. Me explicaré: la culpabilidad radical que el cristianismo atribuía a los judíos se refería al deicidio. Matar a Cristo habría sido el crimen fundamental de los seguidores de la Ley de Moisés y el origen de su inevitable degradación. Para los musulmanes, en cambio, el crimen judaico era la mendacidad, la mentira: haber ocultado y borrado las profecías bíblicas sobre el advenimiento de Mahoma. Esta caracterización islámica de los judíos como pueblo falsario y mendaz influyó decisivamente, a mi juicio, en el estereotipo dominante del judío (y del converso de judío) en la mentalidad de los cristianos de la España medieval. Veamos, por ejemplo, los versos finales del Auto de los Reyes Magos de la Catedral de Toledo, compuesto a finales del siglo XII, que no fue obra culta, sino destinada a los fieles, al pueblo menudo. En los mencionados versos (127-147) Herodes convoca a los rabinos para saber de ellos dónde ha de nacer el Mesías:

RABÍ [1º]Rey, ¿qué te plaze? Henos venidos.
HERODES¿Í traedes vostros escriptos?
RABÍ [1º]Rey, sí traemos,
los mejores que nos avemos.
HERODESPues catad,
dezidme la vertad
si es aquel ome nacido
que esto tres rees m’an dicho.
Dí, rabí, la vertad,
si tú lo as sabido.
RABÍ [1º]Por veras vos lo digo
que no lo fallo escripto.
RABÍ [2º]¡Hamihala. Cúmo eres enartado!
¿Por qué eres rabí clamado?
Non entendes las profecías,
las que nos dixo Jeremías.
¡Por mi ley, nos somos errados!
¿Por qué non somos acordados?
¿Por qué non dezimos vertad?
RABÍ [1º]Yo non la sé, par caridad.
RABÍ [2º]Porque non la avemos usada
Ni en nuestras vocas es fallada.*
Clara luz, Mallorca, 1689

Lo que produciría perplejidad en cualquier cristiano de más allá del Pirineo es que los rabinos del Auto español aparezcan irremisiblemente criminalizados y condenados como fatalmente mentirosos antes de la muerte de Jesús. En otras palabras, el cristianismo hispánico no espera al deicidio para condenar a los judíos. Esto lo hacían los musulmanes, que no contemplaban la crucifixión de Jesús como un deicidio. Ni siquiera como un homicidio ni como una muerte, porque Isa (Jesús) no habría muerto. Su muerte, según la tradición islámica, fue sólo ilusoria, apariencia engañosa (los criptojudíos portugueses, en sus tradiciones sincréticas, recogen la especie de que Jesús fue enviado por Dios para redimir al mundo, pero se durmió y no pudo hacerlo. Se trata en realidad de una tradición musulmana, muy extendida entre los moriscos españoles). La antelación de la condena de los judíos respecto a la muerte de Cristo constituye un índice muy revelador de la racialización hispánica de la diferencia religiosa, pero, sobre todo, explica por qué los cristianos viejos españoles consideraban a todos los conversos y a sus descendientes como falsos cristianos. Fue seguramente porque adoptaron la especie islámica de que los judíos no saben decir la verdad, de que mienten siempre, como los cretenses de la paradoja lógica. Por tanto, sus conversiones son, sin remedio, conversiones fingidas, y no merece la pena esforzarse en convertirlos con argumentos teológicos. De ahí el tono virulentamente antijudío, y nada apologético, de la mayor parte de la biblioteca española de judaica que refleja esta excelente muestra.

Jon Juaristi
Catedrático de Literatura Española

(*) La cursiva está remarcada