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Los Judíos en Sefarad en la Edad Media: Una historia a través de los siglos

La presencia judía en la Península Ibérica se remonta al siglo I o II de la era cristiana. Tras conocer un cierto desarrollo bajo las dominaciones romana y visigoda, la durísima legislación que sufrieron en el siglo VII explica que en el 711 los judíos recibieran a los musulmanes como a auténticos liberadores. La comunidad judía de al-Andalus conoció un importante desarrollo, y en el siglo X sobresalían las aljamas de Córdoba, Toledo, Lucena y Granada. Hasday ibn Shaprut (cª 910-970), nasí (príncipe) de las comunidades judías de al-Andalus, fue uno de los principales consejeros de Abderrahmán III, y desde su alta posición en la corte califal se esforzó por mejorar las condiciones de vida de sus correligionarios y por hacer de Córdoba un gran centro de cultura. Las comunidades judías andalusíes vivieron otro momento de esplendor con los reinos de Taifas, momento en el que la producción intelectual hispano-hebraica alcanzó muy altas cotas, con figuras tan destacadas como Ibn Gabirol o Ibn Paquda.

La actitud hacia los judíos era también favorable en los reinos cristianos del norte de la Península, de forma que los fueros locales de los siglos XI y XII reconocían la autonomía administrativa y judicial de las aljamas y los derechos individuales de los judíos, principalmente la libertad religiosa y de propiedad; por el contrario, tenían prohibido el proselitismo religioso y el desempeño de oficios y cargos públicos, y estaban estrictamente reguladas sus relaciones de convivencia con los cristianos. El rey Alfonso VI de Castilla y León (1065-1109) contaba ya en su corte con destacados colaboradores judíos, como Yishaq ibn Salib o Rabí Yoseh ha-Nasí Ferruziel.

En el siglo XII las comunidades judías más importantes se localizaban en las principales rutas mercantiles, y desde fines de esta centuria se hicieron más frecuentes en los cuadernos de Cortes y en la legislación municipal las reglamentaciones relativas al préstamo con interés. También en la segunda mitad del siglo XII se produjo la llegada a los reinos cristianos de numerosos grupos de judíos andalusíes que huían de los almohades, y que dieron lugar a un considerable desarrollo del judaísmo hispano. Desde este momento creció de forma considerable el número de judíos cortesanos o que ejercían diversos oficios públicos, con frecuencia relacionados con la fiscalidad. En Aragón sobresalieron en el servicio cortesano las familias Abenmenassé, Ravaya, Portella, Abinafia, Alconstatini o Caballería, en tanto que en Castilla destacaron como tesoreros o almojarifes reales don Yishaq de la Maleha y don Abraham el Barchilón en el siglo XIII, o Semuel ha-Leví, Mayr Abenamias y Abraham ibn Çarça en la segunda mitad del siglo XIV.

Las comunidades judías se administraban mediante un régimen especial de gobierno, la aljama, que constituía una corporación pública con personalidad jurídica, que se relacionaba con el rey y con las autoridades municipales. Los judíos pagaban sus impuestos directamente a la hacienda regia, y a cambio disfrutaban de una completa autonomía administrativa, judicial y religiosa. La mayor parte de los judíos se ocupaban en la artesanía y en un comercio de corto radio, y sólo unos cuantos privilegiados se dedicaban a un comercio interregional o internacional, a la medicina, al préstamo con interés y al arrendamiento y recaudación de impuestos.

La población judía castellana se distribuía a fines del siglo XIII en más de un centenar de localidades, sobresaliendo las comunidades de Toledo, Sevilla, Córdoba, Burgos, Valladolid, Medina del Campo, Ávila y Segovia. En la Corona de Aragón las aljamas principales eran las de Zaragoza, Huesca y Calatayud en Aragón, las de Barcelona, Cervera, Tarragona y Tortosa en Cataluña, las de Valencia, Játiva, Murviedro y Castellón en Valencia, y la de Palma de Mallorca en las Islas Baleares. En el reino de Navarra las aljamas más pujantes eran las de Tudela, Pamplona y Estella.

Pese a que el antijudaísmo fue más tardío en los reinos hispanos que en otros ámbitos europeos, desde mediados del siglo XIII avanzó en los terrenos doctrinal y legislativo y en la centuria siguiente estalló de forma violenta; los asaltos a las juderías de 1391 provocaron la ruina de algunas de las aljamas más importantes y la conversión masiva de judíos al cristianismo. Aquí se encuentran los orígenes del llamado “problema converso”, que marcó en buena medida la vida social y religiosa de la España del siglo XV y de los primeros tiempos de la Modernidad.

En los años veinte del siglo XV se inició una reconstrucción parcial del judaísmo castellano sobre la base de las Taqqanot de Valladolid de 1432, unas ordenanzas aprobadas para todas las aljamas castellanas por una comisión de notables judíos presidida por Abraham Bienveniste.

Pero tras unos decenios de recuperación, en 1492 fue promulgada una provisión real que obligaba a los judíos de Castilla y Aragón a optar entre la conversión al cristianismo o la salida del reino. Unos cincuenta mil judíos (la mitad de los que por entonces residían en estos reinos) eligieron el exilio, trasladándose en primera instancia hacia Portugal y el norte de África, y en un segundo momento hacia el Mediterráneo oriental; surgieron, así, pujantes comunidades sefardíes en el Magreb, Grecia, Turquía y Próximo Oriente, que han mantenido hasta tiempos actuales como señas de identidad propias la antigua lengua castellana y las costumbres y tradiciones propias del judaísmo sefardí.

Enrique Cantera Montenegro Catedrático de Historia Medieval. UNED